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Los comedores sociales de Chamberí reciben más de mil usuarios al día

Un hombre con un traje azul, gafas de sol y una bolsa de ordenador espera en una cola. Unos 40 años. Detrás, una mujer con gesto serio agarra su bolso. Dos hombres más entran por la puerta, en su caso, muy sonrientes. Saludan. Son jóvenes, visten camisa y una gorra. Se incorporan a la cola. Todos esperan su turno para acceder al comedor social San Francisco de Asís. El menú de hoy es sopa de pescado y pollo con ensalada. De postre, fruta o Cola Cao, pueden elegir.

Como ellos, un millar de personas se unen cada día a las colas de los comedores sociales ubicados en Chamberí, aunque esto se podría hacer extensible al resto de barrios y ciudades. “No hay que olvidar que nosotros podríamos ser ellos”, dice la religiosa encargada de este centro. Desde la puerta saluda a todas las personas que llegan. Con algunos bromea: “Hay gente que viene regularmente y ya nos conocemos”.

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El comedor de Luz Casanova.

San Francisco de Asís abre de lunes a sábado y ofrece un servicio de comidas a unas 230 personas cada día. La encargada aclara que el único requisito que exige es “educación y respeto”. En este establecimiento, la mayoría de los usuarios son hombres. Este patrón se repite en todos los comedores sociales consultados. Sin embargo, el coordinador del Centro de Día Luz Casanova, Antonio Miralles, afirma que el perfil varía en función de las necesidades sociales: “Ahora se hace notoria la presencia de varones menores de 25 años, solicitantes de asilo o protección internacional, procedentes de África y América Latina, que no acceden a la red de protección de los solicitantes de asilo y se encuentran en situación de calle”. En su centro, sólo el 15% de los usuarios son mujeres. La pobreza femenina es más invisible y pasa más desapercibida, ya que “los recursos para personas sin hogar son intimidantes para las mujeres”, por lo que éstas suelen canalizar sus peticiones a través de otras vías como vecinos o familiares.

Más servicios cuando llega el frío

Luz Casanova atiende a cerca de 120 personas diarias, aunque esta cifra varía, aumentando durante los meses de frío cuando buscan un lugar donde guarecerse, o los de verano cuando otros cierran. Por su parte, el Comedor María Inmaculada, más conocido como el Comedor de Martínez Campos, ofrece tres turnos diarios: un reparto de almuerzo que las familias recogen para consumirlo en sus casas, y dos turnos de comida ofrecidos en las instalaciones del centro. En total, atienden a unas 500 personas cada día, una cifra que representa un incremento respecto al año anterior: “Ahora mismo tenemos un aumento de inmigrantes. Están viniendo muchas personas de Iberoamérica”, explica la directora del Programa Integral Vicente de Paúl, Sor Josefa Pérez Toledo. A todos sus usuarios les hacen un seguimiento continuado y respecto al 2018 matiza que el número de españoles a los que han atendiendo es el mismo que en años anteriores, simplemente “han subido los inmigrantes”.

La mayoría de las personas que llegan a estos comedores no viven en Chamberí, sino que proceden de otros barrios y acuden cada día a buscar un plato de comida. Sor Josefa Pérez Toledo lo tiene claro: “Mientras haya necesidad, tendremos que estar porque es justo y es de justicia”, aunque según ella, “algo estamos haciendo muy mal, sabiendo que todos podríamos tener una vida digna”. Y matiza que “haya un comedor es nuestra vergüenza”.

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El salón del comedor de San Francisco.

En Cachito de Cielo han visto cómo el número de personas que reclaman sus servicios no para de crecer. Ofrecen un desayuno completo a unas 300 personas cada día, en el que incluyen café con leche, yogur, fruta, un bocadillo y a veces huevo duro. La mayoría viven en situación de calle. Asimismo, realizan un reparto de alimentos dos días por semana. Una de las voluntarias que colabora con este comedor cuenta que llegó hace unos 10 años, gracias a una amiga: “Ahora llevo el control de las familias desfavorecidas, que van a recoger sus carros llenos de comida”. Para poder beneficiarse deben traer una carta del asistente social y el certificado del empadronamiento. Con este servicio ayudan a unas 700 familias al mes, pero para esta voluntaria la recompensa de su trabajo va más allá: “Recibo mucho más de lo que puede ofrecer”.

Una cuestión de justicia social

Los comedores sociales atienden a una gran cantidad de gente, tanto a familias como a personas individuales, y su existencia reside en una cuestión de justicia social. No obstante, como advierten desde Luz Casanova, no se deben limitar a proveer servicios de atención elemental. “Deben, por una parte, garantizar las necesidades básicas de las personas y acompañarlas, favoreciendo procesos de cambio y reconstrucción de los proyectos de vida. Y por otro, incidir y sensibilizar a la sociedad, para que las estructuras y las políticas cambien a favor de las personas”.

Para su coordinador, no se debe normalizar que en nuestra sociedad existan personas que carezcan de servicios básicos, como la alimentación o un techo digno. Por esto, los centros que tienen la capacidad, compaginan su servicio de comedor con otras posibilidades, como la ducha, la lavandería, un aula de ordenadores, conexión a internet o una bolsa de empleo para favorecer su acceso a un trabajo. Una serie de prestaciones que contribuyen a dignificar la vida de las personas y que Miralles resume en una frase: “Apostamos por una sociedad integradora que ayuda a personas que temporalmente se encuentren en situación de necesidad”.

Isabel Garrido

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