El Depositorio/Opinión

Inés Madrigal

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Los médicos, como los jueces o los miembros de los cuerpos de seguridad, constituyen pilares fundamentales sobre los que se asienta el bienestar de una sociedad. Las personas necesitamos confiar en esas tres patas del sistema, porque nuestra relación con ellas suele partir de una situación de vulnerabilidad. Así la víctima que busca auxilio en el agente, el denunciante que persigue el amparo de la justicia, o el necesitado de atención médica que se pone a disposición del profesional sanitario, todos ellos en la confianza del compromiso social de esas autoridades.

El 4 de junio de 1979, cuando nació Inés Madrigal, el doctor Eduardo Vela, ginecólogo y director médico en el sanatorio San Ramón, decidió despreciar todo compromiso moral y ético de su profesión, y entregar a la recién nacida a una madre que no era la suya. Incluso rubricó su participación en un parto inexistente. Antes había aconsejado a la sobrevenida madre a simular un embarazo que igualmente nunca se produjo, y concluyó su actuación con la entrega de un “regalo”, arrebatado previamente a otra mujer “sin que conste que hubiera mediado consentimiento ni tan siquiera conocimiento por parte de los progenitores del recién nacido”. Y no consta porque el infame doctor no sabía, o no recordaba, según contó a la juez.

Se calcula que fueron decenas de miles los niños robados desde la guerra civil y hasta bien entrada la democracia, sin que aún se hayan podido esclarecer las motivaciones de una perturbadora  trama dedicada a extirpar el vínculo afectivo por antonomasia. Ni siquiera el dinero serviría para alcanzar a explicar el aterrador proceder de separar a un bebé de su madre y, tras decir que éste ha fallecido, entregárselo a otra persona y urdir la falsa filiación. El doctor Vela lo hizo, y quizá durmió aquella noche, y el resto de noches desde hace casi 40 años. Las últimas de ellas lo habrá hecho como autor de tres delitos relacionados con el robo de aquel bebé.

Inés no sabrá ya quién fue su madre biológica, porque para ello tendría que haber “recordado” el doctor. Tampoco quiso hacerlo su mano derecha, sor María Gómez Valbuena, fallecida cuatro días después de ser citada a declarar por un caso similar. A Eduardo Vela le ha salvado –al menos, en esta instancia– la prescripción de sus delitos, pero de lo que nadie podrá ya redimirle es de haber sido declarado culpable del robo de una niña, pisoteando todo principio ético y la confianza que la sociedad tenía encomendada a personas como él.

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