Editoriales/Opinión

Vallehermoso, de Solana a Fernán Gómez

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Hoy toca historia chamberilera. De nuestros bisabuelos, de traperos yendo y viniendo desde los Cuatro Caminos, de niños jugando al fútbol  y de muertos. De un estadio y de un “agujero”.

Mucho antes de que se proyectara el Estadio de Vallehermoso hubo en aquellos descampados un cementerio que alcanzó cierto renombre –en realidad, Chamberí fue sede de varios camposantos desde que, a finales del XVIII, Carlos III decidió enterrar a los muertos extramuros como consecuencia de un brote de peste, si bien aquel decreto no llegó a materializarse hasta 60 años después–. La construcción (1848) de dicho cementerio, debido al arquitecto Wenceslao Graviña y bautizado como la Sacramental de San Martín y San Ildefonso, fue el origen de la urbanización de aquellos terrenos, en una zona próxima al montículo de Cerropimiento.

En apenas un par de años, la Sacramental se convirtió en uno de los cementerios más importantes de Madrid. Pese a que su fecha de clausura data de finales del XIX, siguió funcionando hasta bien entrado el XX, y recibiendo visitas hasta 1926. Precisamente uno de aquellos visitantes fue José Gutiérrez Solana. El pintor y escritor, vecino de Chamberí, habla en su Madrid callejero del «venerable y viejo cementerio de San Martín», y lo califica como «el más romántico y uno de los más hermosos jardines de Madrid». Son los años 20 del siglo pasado, y al cementerio está cerca de ser derribado. Coincidirá su derribo con las primeras promociones de la Compañía Madrileña Urbanizadora, que Solana avista desde el camposanto. Aquellos nuevos rascacielos –los Titanic–,  «que parecen grilleras, resultando estúpido el almacenar personas como chinches sobrando terreno por todos los sitios». También, pegados a las tapias, se amontan las chozas de los traperos, de una altura al ras del hombro, y donde se concentra la miseria de aquellos descampados.

Con el ensanche y la posterior entrada en funcionamiento de la Necrópolis del Este, los cementerios de Chamberí  fueron demoliéndose y en sus solares, de vez en cuando, brotaban restos humanos –de ahí el nombre de “campo de las calaveras”–. Hasta aquellas tierras se acercaba un joven Fernando Fernán Gómez, que en sus memorias recuerda el Campo de Moneda y Timbre, ubicado en los desmontes a medio urbanizar del antiguo cementerio, donde se jugaba al fútbol con camiseta, pantalón, botas  y balón de reglamento, mientras que en otros solares se jugaba «de cualquier manera»–. Allí acudían también los buscavidas a montar sus tinglaos, y los «obreros de Tetuán, Cuatro Caminos, Vallehermoso y Chamberí, y campesinos recién llegados a la metrópoli se jugaban las pestañas» hasta que aparecía «la pica» y «todos, cajeros y jugadores, nos dábamos el piro».

Aquel descampado lo compró un particular, que lo explotó como huerto hasta que en 1933 fue adquirido por el Ayuntamiento. En los años 50 el solar del “campo de los huesos”  ya contaba con el proyecto de Manuel Herrero Palacios para convertirse en estadio de atletismo, lo que se materializaría en 1961 con el objetivo de albergar los II Juegos Iberoamericanos del año siguiente. Después vendrían 46 años de atletismo y 11 de “agujero”. Un estado familiar para el que durante décadas fue camposanto.

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