Reportajes

Los hipódromos de Chamberí, del Paseo del Huevo a La Castellana

El pasado mes de enero se cumplieron 140 años de la inauguración del Hipódromo de La Castellana, que durante más de medio siglo congregó a la incipiente afición del pueblo madrileño por las carreras de caballos, en los terrenos donde luego se levantarían los Nuevos Ministerios. Un escenario que reunió de modo extraordinario a la tardía aristocracia y la pujante burguesía conservadora, “con un numeroso y variopinto público, que allí acudía en esas jornadas de lúdico esparcimiento deportivo”, como cuenta el libro El Hipódromo de La Castellana. Deporte, arquitectura y sociedad, 1878-1933, publicado por la editorial Turner.

Durante 55 años, el Hipódromo de La Castellana fue el centro neurálgico de la sociedad, no sólo de la clase acomodada, también de una afición que caló en el pueblo. Su ubicación representaba el final de la pasarela de los elegantes paseos, desde el Prado y Recoletos hasta el Obelisco, «el gran desfile de las rentas», como lo tildó Ramón Gómez de la Serna. El lugar donde confluían moda, sociedad y deporte, pero también los landós y el tranvía, medio de transporte utilizado por la mayor parte de los espectadores y que había comenzado a funcionar pocos años antes. De hecho, el célebre “ocho” hubo de ampliar su trayecto desde el castizo Parque de la Bombilla, para finalizar en el nuevo entretenimiento de los madrileños.

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El Hipódromo en 1905, con el Museo de Ciencias Naturales al fondo.

Las primeras carreras de caballos

No obstante, el Hipódromo de los Altos de La Castellana, inaugurado el 31 de enero de 1878, no fue el primer recinto madrileño destinado al turf “a la inglesa”. Ni siquiera el primero en Chamberí. Décadas antes se ubicaría uno al comienzo del denominado Paseo del Huevo –hoy calle de Almagro–, más allá del Portillo de Santa Bárbara y junto al Casino, si bien éste tuvo una vigencia efímera. Lo recuerda Pedro de Répide en Las calles de Madrid: «En 1846 se construyó a la derecha del Paseo del Huevo el primer hipódromo que hubo en Madrid, en el que, además de la gradería y los palcos, había un pabellón destinado a café y un lugar para los músicos que tocaban durante las carreras de caballos, como se hace en las corridas de toros. No prosperó el hipódromo, y dos años más tarde su terreno y locales fueron adquiridos por una sociedad, La Juventud Vascongada, que daba allí bailes y otras fiestas al uso del País Vasco».

No obstante, yerra el popular cronista de La Villa, al considerar que el del Paseo del Huevo fuera el primer recinto dedicado a las carreras de caballos en Madrid, por cuanto las crónicas hablan de que la primera se disputó de manera casi informal en 1835 en la Alameda de Osuna, y que estuvo organizada por el Duque de Osuna, gran aficionado a la equitación. Ocho años después, el 20 de abril de 1843, se disputa la primera carrera organizada en la finca Casa Blanca, en el camino de Perales, junto al Manzanares, éste sí considerado el primer hipódromo de la capital, pese a carecer aún de tribunas y contar con escaso público, la mayoría aristócratas. Pero incluso antes, en 1845, se inauguraría otro hipódromo, el de la Casa de Campo, “real, elegante y minoritario”, que duraría hasta 1866. Dos años después, la Revolución suspendería las carreras de caballos, que se retomarían con brillantez una década después en una zona privilegiada de Madrid, lo que sin duda «contribuyó a la promoción y difusión de las competiciones hípicas en nuestro país», señala el libro de Turner.

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Vista aérea del hipódromo, hacia 1930.

Una boda real

Pero volvamos a La Castellana. En 1874, tras el fracaso de la Primera República y el regreso del exilio de Alfonso XII, se inicia el periodo de Restauración borbónica, al que el hipódromo estaría ligado prácticamente durante toda su existencia. La idea surge por iniciativa del Gobierno, para celebrar el matrimonio del monarca con su prima María de las Mercedes de Orleans. Como hemos visto, la corona contaba ya con el minoritario hipódromo de la Casa de Campo, pero Antonio Cánovas del Castillo decidió agasajar a la pareja con un espacio mayor y ajeno, donde pudieran celebrarse las carreras para conmemorar el enlace, que se hizo oficial el 6 de diciembre de 1877.

HIPODROMO Boda Real - Grabado de Vierge para Le Monde Illustré

Boda real de Alfonso XII y Mª de las Mercedes de Orleans. Grabado de Vierge para ‘Le Monde Illustré’.

Tan sólo tres días después, se encomienda la labor a Francisco de Borja Queipo de Llano, Conde de Toreno, que, como ministro de Fomento, se encargaba de todas las obras públicas desde un par de años antes. La tramitación fue urgente y la construcción, contrarreloj: se adquirieron los terrenos, pertenecientes a algunas de las familias más aristocráticas de la capital, que serían asimismo los impulsores del proyecto. Entre los propietarios figuraban el ex alcalde liberal José Abascal, el empresario José de Salamanca o el terrateniente Maroto, que facilitaron la venta por el “patriótico objeto al que se destinaban estos solares”, según el Conde, aunque obviamente el elevado incremento del valor de los terrenos colindantes tampoco fue desdeñado. Francisco Boguerin fue el ingeniero encargado del proyecto.

La obra se realizó con extremada rapidez, pese al duro invierno. Hubo que explanar toda la zona, los tres caminos que desde el Obelisco de La Castellana –situado en la actual Plaza de Emilio Castelar– conducirían al hipódromo. Se trabajó día y noche, con la intención de que las carreras pudieran celebrarse el día del enlace, por lo que en el estreno la pista conservaba algún desnivel y hubo tribunas colocadas de forma provisional –las definitivas, instaladas posteriormente por Manuel Antoni o Capó, se convertirían en uno de los primeros trabajos en hierro fundido de la capital–, lo que motivó las críticas del Congreso, que también cuestionó desde las filas liberales la inversión de seis millones y medio de reales en una distracción “para nobles ociosos”. Finalmente, no pudo estar listo para la boda −celebrada el 23 de enero–, pero por poco: el último día de enero los caballos saltaron a la pista. Aquel día, frío y ventoso, congregó a cerca de 60.000 personas en el hipódromo, tal había sido la expectación generada.

En la parte central del graderío destacaba el pabellón real, aislado y con todo tipo de comodidades, mientras que a izquierda y derecha se reservaban los espacios para la aristocracia, la alta burguesía, autoridades y diplomáticos. También había tribunas más populares y otras destinadas a instituciones y clubes, como las del Banco de España, el Veloz Club, La Gran Peña o del Casino de Madrid. Por último, se hallaba el “tendido de los sastres”, ubicado en los desmontes y pequeños cerros del Alto, que constituían las gradas populares, en las que no había que pagar, y que solían estar abarrotadas.

Premios, tragedia y derribo

El Gran Premio fue la prueba más popular que se disputaría en aquella pista de 1.400 metros, con dos rectas de 450 metros. En 1907 se inició también el Concurso de Saltos de Obstáculos Internacional, y en 1911 se permitieron las apuestas. Entre las celebridades que triunfaron en la pista destacó el caballo Vendeen, ganador cuatro veces del Gran Premio, o el jinete José Álvarez Bohorques, Marqués de los Trujillos, que fue subcampeón del mundo en salto y formó parte del equipo que ganó en Amsterdam 1928 la primera medalla de oro en la historia olímpica española, en la modalidad de Salto por equipos. En la arena de La Castellana, Bohorques vencería en 69 carreras en liso y 38 en vallas de 261 disputadas.

HIPODROMO Crédito Diego Ragel Archivo Ragel
Fotografía: Diego Ragel-Archivo Ragel, cedida por la editorial Turner.

Pasando las décadas, los automóviles fueron sustituyendo paulatinamente a los carruajes, y el recinto se abrió a la celebración de otras competiciones, como gimkanas o partidos de polo. En 1903 fue la sede de la primera Copa del Rey de Fútbol, organizada por Carlos Padrós –que un año antes había fundado, junto a su hermano Juan, el Real Madrid Club de Fútbol– y que ganó el Athletic Club de Bilbao. También albergó demostraciones aéreas, como la que acabó en tragedia en 1911, cuando el piloto francés Jean Mauvais estrelló su biplano sobre el público que abarrotaba el lugar, matando a la mujer Petra Miguel Valle. Fue éste el primer accidente aéreo con víctimas de la historia de España, debido a una mala organización que no supo impedir la invasión de la pista, pese a que el auto de procesamiento lo consideró “un accidente fortuito, de causas dolorosas, pero ineludibles en el desenvolvimiento progresivo de los grandes eventos”.

El Madrid de Villa y Corte regia iba encaminándose hacia una capital abierta y cosmopolita. Era el anunciado final de una época, pero no sólo eso: el crecimiento de la ciudad iba a acabar por engullir un espacio que representaba un obstáculo para el desarrollo urbano, un tapón que cerraba La Castellana e impedía su prolongación. Será el nuevo Gobierno de la República el que, en 1933, decidirá derribar el Hipódromo. El 15 de abril de aquel año se ponía la primera piedra de los futuros Nuevos Ministerios, cuya realización se encargó a Secundino Zuazo, responsable también de la Casa de las Flores, en Gaztambide. La llegada de la Guerra Civil truncó el proyecto, que no se inauguraría hasta un par de décadas después, y modificado en gran parte por un equipo de arquitectos afines al nuevo régimen. Menos tiempo tuvieron que esperar los aficionados a la hípica, cuyo flamante hipódromo de La Zarzuela se estrenaría en 1941, dos años después de terminada la contienda.

David Álvarez

Bibliografía:

  • El Hipódromo de La Castellana. Deporte, arquitectura y sociedad, 1878-1933, Turner, 2014.
  • Chamberí en blanco y negro (1875-1975), de Juan Miguel Sánchez Vigil y María Olivera Zaldua. Ediciones La Librería, 2011.
  • Las calles de Madrid, Pedro de Répide.
  • Pioneros de la aviación española, Cuadernos de Historia Aeronáutica (Nº 12).
  • Periódicos y webs: El Mundo, As, El País, Urbancidades, Historias Matritenses.

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