Reportajes

Robin Hood, un restaurante con sabor a solidaridad

Si pasáis por la glorieta de Quevedo, a la altura del número 17 de la calle de Bravo Murillo, veréis la fachada de un restaurante azul con letras amarillas. A simple vista parece un restaurante más. Pero nada más lejos, porque lo que se cocina en el Robin Hood tiene un sabor algo distinto: a solidaridad. Allí se alimentan corazones, como bien dice su eslogan. En este establecimiento se sirven desayunos, almuerzos, comidas y cenas para el gran público. Pero además, todas las noches del año, sin excepción, se sirve una cena de menú para personas con pocos recursos. Aunque parezca sacado de un cuento, de ahí su nombre, es una iniciativa del Padre Ángel y de su ONG Mensajeros de la Paz, que se ha convertido en realidad y está teniendo mucho éxito.

Su filosofía está clara: “No hay diferencia entre un caballero y cualquier otro hombre, aparte de sus ropas”. La idea es que todo el mundo pueda cenar con dignidad, sin importar su condición. En este caso, hay que estar apuntado en la parroquia de San Antón, que está abierta las 24 horas para ofrecer refugio a los más necesitados. Después de valorar caso por caso, lo primero que puedes conseguir es un carné por tres días, y apuntarte a la lista de espera para el carné mensual.

Fachada Robin Hood

El restaurante, ubicado en Bravo Murillo, 17.

De beneficiario a cocinero

Hablamos con Rabid, cocinero del restaurante Robin Hood de Bravo Murillo: “Conocí al Padre Ángel porque busqué ayuda psicológica en la iglesia de San Antón. Llevaba meses con una depresión tremenda y no sabía cómo salir de ese estado por mis propios medios. Estuve ocho meses en terapia y venía a comer aquí. Cuando iba mejorando hablé con el Padre Ángel, quien me dio la oportunidad de trabajar en la cocina del restaurante. Soy marroquí, pero llevo 18 años en España, y ya había trabajado en hostelería durante muchos de esos años. El Padre Ángel creyó en mí y le estoy muy agradecido, porque yo también volví a creer en mí gracias a él. Se han portado estupendamente bien conmigo. Creo que es una labor encomiable la que hacen en la iglesia. Tienen un montón de programas de ayuda a los más necesitados”.

¿Qué te parece la idea?

“Ésta es una de las ideas más modernas y, como siempre, todo lo que es nuevo da un poco de miedo. La gente es reacia al cambio, y piensa que no va a funcionar algo así, porque la gente de la calle es violenta o desagradecida, pero nada más lejos. Que vengan aquí y lo vean. Ya tenemos tres restaurantes que están funcionando muy bien. Yo sólo conozco los dos de Madrid. Éste, y el que está en la calle de Nuncio, en La Latina, pero tengo ganas de ir al que está en Toledo, que seguro que es muy bonito también. Llevo tres meses trabajando aquí y estoy muy feliz. Espero quedarme mucho tiempo. Trabajo aquí todos los días, y hago dos horas de voluntariado en la iglesia, sirviendo el desayuno de 8 a 10 de la mañana.

¿Cómo son las cenas solidarias?

“Nosotros en las cenas servimos un menú con dos platos y un postre. Hoy, por ejemplo, he hecho fabada con matanza de primero; tortilla española con ensalada de segundo, y piña de postre. A veces hago natillas o arroz con leche. Si sé que es el cumpleaños de alguno de los comensales intento hacer una tarta para que lo celebren. En ocasiones especiales, como Navidad o fiestas así hacemos un menú más elaborado, acorde al momento. Aunque nuestros menús son diferentes todos los días e incluso todas las semanas. Intentamos variar para que la gente no se aburra.

Robin Hood Rabid y voluntarias

Rabid, junto a algunas voluntarias del proyecto.

Rabid nos presenta a una de las mujeres beneficiarias del comedor. Arantzazu nos cuenta su experiencia: “Yo estoy en el programa de mujeres maltratadas y tengo un hijo menor de edad. No vengo con él porque quiero mantenerle al margen mientras pueda. Ésta es mi única comida al día, y aunque soy un poco de mal paladar y algo quisquillosa con la comida, reconozco que el menú está muy bien. Eso sí, hay que venir puntual. Es importante respetar el horario. Si no lo hicieran así sería una locura, y cualquiera vendría cuando le diera la gana. Yo siempre aviso con tiempo cuando no puedo venir, para que otra persona pueda ocupar mi lugar. Los que venimos habitualmente ya nos conocemos y cada uno tiene asignado su sitio y su mesa. Quiero que la gente sepa que no somos ladrones, ni tenemos lepra. Simplemente estamos pasando una mala situación que le puede pasar a cualquiera. Que ojalá nunca se encuentren en nuestro lugar, pero que se sepa que queremos que se respete nuestra dignidad, que seguimos siendo personas. Que se nos trate bien, que también tenemos derecho. Yo lo veo como una experiencia más. Nunca pensé que tuviera que llegar a pedir y por mi hijo lo he tenido que hacer. Mi hijo y yo sobrevivimos con los 400 euros que nos da el Estado por mi situación. No pido dinero, sólo quiero que se me dé una oportunidad para salir adelante. En un futuro a mí también me gustaría ayudar a otra gente, igual que ahora me están ayudando a mí”.

Por último, tuvimos la ocasión de compartir con las voluntarias algunas de sus impresiones y todas coincidían en lo siguiente: “El ambiente siempre es muy tranquilo y los comensales son muy educados y agradables. Nosotras aportamos nuestro granito de arena. Es muy reconfortante sentirte parte de algo así. Hay grupos que tienen su día fijo, y otros que hacen suplencias para cuando alguno no puede venir. Sólo hay que tener buena disposición. Se lo recomendamos a todo el mundo, tanto si alguna vez ha hecho voluntariado como si no. Es una experiencia única y una labor imprescindible”.

Laura Conde

 

 

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