El Depositorio/Opinión

Política y asociaciones

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El movimiento vecinal germinó en la capital a finales de los 60 y brotó con los últimos años de la dictadura y los primeros de la democracia. Fue el tiempo de las grandes movilizaciones para mejorar las condiciones de unos barrios a medio hacer. Aquel tsunami siempre estuvo apegado a las reivindicaciones sociales, y pese a que sus objetivos se alejaban de la política para centrarse en los vecinos, la mayoría de aquellas asociaciones mantenían vínculos más o menos estrechos con partidos de izquierda. Durante las más de dos décadas de gobiernos municipales del PP esto no supuso ningún problema: se protestaba, se discutía, y en algunos casos, se llegaba a acuerdos y se conseguían cosas.

Con la llegada al Ayuntamiento de Ahora Madrid y la fragmentación del electorado madrileño el panorama cambió ligeramente. Pese a que el asociacionismo no es –no debería ser– políticamente militante, no cabía duda de que al fin iban a gobernar políticos más afines a sus demandas. La cuestión es cómo enjuiciar las actuaciones de este nuevo gobierno, manteniendo la esencial defensa de los vecinos. Una opción –mala– pasa por asumir cualquier medida que se tome como si fuera propia, y arremeter contra quien ose criticarla. Esto último es insólito, pero se da más cada vez. Otra –mala igualmente– consiste en adoptar una postura de rechazo frontal y quemar todos los espacios para el entendimiento. Esto en general suele traer poco rédito al vecindario.

Por último, está la opción del compromiso con la función de velar por los intereses del barrio, escuchar sin orejeras las demandas de los vecinos y denunciar aquellas decisiones que les parezcan perjudiciales. Y aplaudir los aciertos.  Y, como consecuencia, aguantar los insultos que sobrevengan de quienes sólo ven la política como conmigo o contra mí.

En las últimas semanas se han podido leer noticias sobre la filiación política de los responsables de una asociación del distrito y se ha identificado a otra con los postulados de los partidos opuestos. No es lo idóneo, pero tampoco es nada inusual: si unos y otros se esfuerzan por buscar la manera de mejorar realmente el barrio y no de imponer su pensamiento, por mí como si votan al Conde de Mayalde.

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