Cultura/Reportajes

Poesía y bombas en “La Casa de las Flores” de Zuazo

No hay probablemente en todo Madrid un edificio de viviendas que conjugue el valor arquitectónico con el valor histórico y cultural como lo hace “La Casa de las Flores”, diseñada por el arquitecto vasco Secundino Zuazo y morada de ilustres vecinos, como Pablo Neruda, Severo Ochoa o Emilio Carrere.

Situado en el barrio de Argüelles, entre las calles de Hilarión Eslava, Gaztambide, Meléndez Valdés, y Rodríguez San Pedro, este bloque fue concebido en 1930 como balcón de una de las cornisas más bellas de la capital, cuyas vistas del atardecer ya maravillaron siglos atrás a la reina Luisa Gabriela de Saboya, primera mujer de Felipe V. En dicho enclave también se había ubicado un tiempo antes el primer campo de fútbol que hubo en la capital, propiedad de la Real Sociedad Gimnástica Española.

Casa de las Flores 1baja

El edificio ocupa una manzana entre las calles de Hilarión Eslava, Rodríguez San Pedro, Gaztambide y Meléndez Valdés.

Secundino Zuazo (1887-1971), maestro de la arquitectura racionalista y autor de trabajos como el Palacio de la Música de Gran Vía o los Nuevos Ministerios, recibió el encargo del Banco Hispano Colonial y proyectó para esta manzana completa de Chamberí el gran edificio de viviendas del primer tercio del siglo pasado madrileño, un verdadero hito en la historia de la arquitectura española.

El bloque, de ladrillo rojo, se estructura en torno a tres patios interiores ajardinados, siendo el central el de mayor tamaño, y levanta dos cuerpos paralelos de cinco alturas, con las cajas de las escaleras dispuestas como puentes. Hay en total 288 viviendas de muy diferentes tipologías, todas ellas exteriores y con buena iluminación natural y ventilación, dentro de la corriente denominada higienista. En la planta baja se disponen arcadas neomudéjares, que coinciden con los soportales y escaparates de algunas tiendas. Además, Zuazo coloca en todos los balcones elementos para que los inquilinos cuelguen tiestos y macetas, lo que acabaría por bautizar como “La Casa de las Flores” el edificio, tal y como señala el propio Neruda en Confieso que he vivido:

“Yo vivía en un barrio/ de Madrid, con campanas,/ con relojes, con árboles (…) Mi casa era llamada / la casa de las flores, porque por todas partes / estallaban geranios: era / una bella casa / con perros y chiquillos… (…)/ ¿Te acuerdas, Rafael? / Federico, ¿te acuerdas / debajo de la tierra, /  te acuerdas de mi casa con balcones en donde / la luz de junio ahogaba flores en tu boca?”.

Según el blog Urban Idade, el inmueble “trasciende su carácter de edificio residencial en un monumento a la racionalidad y a la ética arquitectónica…, al proponer una nueva manera de construir la ciudad, con jardines, viviendas higiénicas, que valora la calle como espacio colectivo”. Zuazo buscaba dar a la ciudad un modelo replicable que se adaptara a la vida de la gente y, al mismo tiempo, en armonía con la ciudad. Sin embargo, nunca volvió a recibir un encargo similar, ni cundió el ejemplo, por lo que “La Casa de las Flores” ha quedado como una valiosa pieza única, un icono de los edificios residenciales.

Las tertulias de Neruda

A esta fama contribuyó sin duda Pablo Neruda. El poeta es nombrado cónsul de Chile en Madrid y llega en junio de 1934 a la capital. Rafael Alberti, con quien le unió una gran amistad, fue quien se encargó de buscarle este alojamiento –a sólo unas manzanas de su propia vivienda de Marqués de Urquijo–, que había sido terminado hacía un par de años. En la estación le espera Federico García Lorca, otro íntimo y asiduo de las tertulias literarias que el Nobel chileno organizó entre aquellas paredes.

Allí conocería a Delia del Carril, con quien compartiría 20 años, y allí escribiría algunos de sus poemas Miguel Hernández, a quien acababa de conocer y del que queda fuertemente impresionado: «Era tan campesino que llevaba un aura de tierra en torno a él». Neruda vive en la quinta planta. En el bajo había un restaurante donde el autor de Canto general comía regularmente pescaíto frito y palometa.

Otro de los habituales era Manuel Altolaguirre, poeta e “impresor glorioso”, que un día acude a la estancia para proponer a Neruda ser el director de la revista que iba imprimir, Caballo Verde. Salieron cinco números, el sexto, ya escrito, «se quedó en la calle de Viriato, sin compaginar ni coser». La revista debía aparecer el 19 de julio del 36, «pero aquel día se llenó de pólvora la calle». Unos militares se habían rebelado contra la República.

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Estado en el que quedó el inmueble, tras los bombardeos (Foto: Archivo General de la Administración).

Bombardeos y regreso

Durante la Guerra Civil la casa quedó en la línea del frente, por lo que se levantaron muros defensivos, «en el lado de Hilarión Eslava para albergar el cuartel general de las tropas republicanas y, en la zona de Gaztambide, se instalaron el almacén y la cárcel», señalan en el libro Chamberí en blanco y negro 1875-1975. Pese a que la bandera de Chile ondeaba en la azotea, el edificio fue arrasado por los bombardeos, y cambió de manos en varias ocasiones durante la campaña.

Neruda, al que el estallido de la guerra sorprende fuera de Madrid, regresa un año después para comprobar el estado de la casa. Acude junto a Miguel Hernández: «Subimos y abrimos con cierta emoción la puerta del departamento, la metralla había derribado ventanas y trozos de pared. Los libros se habían derrumbado de las estanterías (…) Busqué algunas cosas atropelladamente (…) las prendas más superfluas e inaprovechables habían desaparecido; se las habían llevado los soldados invasores o defensores. Mientras las ollas, máquinas de coser, platos, se mostraban regados en desorden, pero sobrevivían, de mi frac consular, de mis máscaras de Polinesia, de mis cuchillos orientales no quedaba ni rastro», escribe. “La guerra es tan caprichosa como los sueños, Miguel”, lamenta. Descorazonado, el chileno abandonaría la estancia sin llevarse «ni siquiera un libro». No volvería.

 

Con todo, el poeta chileno no fue el único inquilino célebre en “La Casa de las Flores”. También habitó en ella el escritor bohemio y “poeta de la miseria”, Emilio Carrere, el médico e investigador Francisco Grande Covián, fundador de la Sociedad Española de Nutrición, o Severo Ochoa, que formó aquí su primer hogar, tras su matrimonio con Carmen García Cobián. De todos ellos se guarda un recuerdo en alguna de las fachadas del bloque.

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Una placa escultórica en la fachada rinde homenaje a Pablo Neruda.

Acabada la contienda, el edificio se restauró respetando sus formas originales, y en 1981 sería declarado Monumento de Patrimonio Histórico. Ese mismo año, el alcalde Enrique Tierno Galván colocaría una placa escultórica en homenaje a Neruda, en la esquina de Rodríguez San Pedro con Hilarión Eslava, que sería descubierta por su gran amigo Alberti, en honor de “este hombre universal que, a través de esta lápida poco corriente clamará con su poesía llana, escrita para todos, por la paz que tanto exaltó a través de sus libros”, declaró el “Viejo Profesor”. Casi 90 años después, los geranios siguen floreciendo en la casa de la poesía.

David Álvarez

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