Cultura/Reportajes

El Pequeño Cine Estudio, 40 años de arte, ensayo y resistencia

El 9 de junio de 1977, el proyector del Pequeño Cine Estudio se ponía en marcha para 124 espectadores (el aforo de su única sala) con La perla de la Corona, una película polaca que, en plena Transición, causó un fuerte revuelo, porque algunos dedujeron una filiación del local con la monarquía, aunque la historia trata de una huelga minera que acaba en lucha nacional.

40 años después, y tras el cierre de la mayoría de los cines de entonces, esta meca del celuloide sigue en pie gracias al empeño del único que continúa de los tres socios fundadores. “Aquello fue poner una pica en Flandes: imagínate, una película polaca subtitulada…”, recuerda José Gago.

Pequeño Cine Estudio_dueño

José Gago, el propietario, en la taquilla del cine.

A pesar de aquel suceso, ese día había una larga cola en el callejón donde se esconde esta pequeña sala, en una propiedad privada en el número 1 de la calle de Magallanes. “Estábamos entusiasmados con el proyecto y el público respondió muy bien”, dice Gago, quien creció en el cine de Navalperal de Pinares, un pueblo de Ávila, a cargo del que estuvo su padre.

“Era la época de los cines Fuencarral, Bilbao, Roxy…, y, paralelamente, abrimos los minicines de Fuencarral”, explica el propietario, que empezó en el laboratorio Arroyo y con 21 años montó una sala de pruebas en Carretas, “Boga”, donde se veían las pruebas de rodaje de las películas y trabajaban de noche.

El primer minicine y en versión original

El Pequeño Cine Estudio cuenta con varios títulos en su palmarés y uno de ellos es haber sido el primer minicine de España. “En los años 80 había una juventud ávida de conocer cosas nuevas. La gente tenía mucha afición de ir al cine, pero las grandes salas ponían lo comercial”, cuenta José Gago. “Nosotros, en cambio, películas en versión original. Era un cine diferente”. Y lo sigue siendo.

Con un corte de club clásico, que con los años deviene en underground, las entradas que se venden en su taquilla siguen siendo pequeños tiques que se cortan de un rollo de papel. En la entrada, la enorme pintura de Ramiro (uno de los dibujantes de los antiguos carteles de la Gran Vía) rinde homenaje al cine en blanco y negro, iluminada con luces de neón. Pero también es un cine diferente, porque se proyectan títulos que el público solicita, como Carl Gustav Jung, desde hace más de siete años.

Pequeño Cine Estudio_carteles

Dibujos al óleo situados en la entrada.

‘El acorazado Potemkin’

Por este lugar mágico, cuya programación (www.pcineestudio.es) está hoy entre el cine clásico y el independiente, llegaron a pasar una media de 1.000 espectadores al día. “Había proyecciones desde las 10 de la mañana y hasta nueve sesiones diarias”, rememora el empresario.

Otra de las medallas que puede colgarse el Pequeño Cine Estudio, además de ser el único español perteneciente a una asociación internacional de cines de arte y ensayo (calificación del Ministerio de Cultura que desapareció), es que tras el estreno durante la Segunda República y su posterior prohibición, El acorazado Potemkin se reestrenó aquí, a la que siguieron Sacco y Vanzetti, un ciclo sobre Bogart, otro de Fassbinder… En octubre estuvo en cartelera La trilogía de Apu, “de la que Kurasawa dice que no conocerla es como no haber visto el sol o la luna”, apunta el dueño, que todo lo sabe sobre el séptimo arte y reconoce haber “sentido mucho” la desaparición del 35 milímetros: “Mi padre me hizo una banqueta para poder subirme a colocar la película en el proyector…”.

La nueva clientela del Pequeño Cine Estudio (la de toda la vida ha fallecido en su mayoría) ronda los 35 años, por eso también se da oportunidad a los nuevos realizadores: “Es como el arte, si no tienes donde colgar tu cuadro…”, observa José Gago, cuya historia es inevitable comparar con la de Cinema Paradiso.

Esta sala de película no recibe apoyo o subvención alguna, “pero a pesar de todo, seguimos adelante”, advierte el Totò abulense. “Mi familia y yo tiramos con lo bueno y lo malo. Como podemos, con grandes esfuerzos, pero dignamente”.

Cristina Sánchez

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