Editoriales/Opinión

Un ecologista en palacio

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Acaba de desembarcar en Chamberí una autoridad competente que augura que el automóvil desaparecerá “como lo hicieron los dinosaurios”; que en las ciudades del futuro predominará la arquitectura sostenible y que éstas serán más amigables con los peatones, más “verdes” y ecológicas. También vaticina que, paulatinamente, el coche privado –antes de su desaparición, se supone– dejará de ser el centro del desarrollo de las urbes, que las iniciativas más interesantes de mejora urbana provendrán de entidades no gubernamentales y sin ánimo de lucro, o que las ciudades serán el ámbito idóneo para el desarrollo de la agricultura.

Tan excéntrico agitador no procede de las filas de la “nueva política”, ni de las diversas facciones de Ahora Madrid. Es muy posible que ni siquiera vote a Los Verdes. Quien así se expresa es nada menos que Norman Foster, uno de los arquitectos más prestigiosos del mundo y vecino intermitente de Chamberí, en concreto de Almagro, y que acaba de inaugurar su Fundación también en el barrio. Concretamente, en el palacete secular del Duque de Plasencia, en la calle de Monte Esquinza.

A un paso estuvo Madrid de quedarse sin albergar la sede del legado de Foster. Sucedió hace unos años, cuando a un genio del Área de Urbanismo del Ayuntamiento entonces liderado por Ana Botella, se le ocurrió corregirle el proyecto al afamado arquitecto. En lenguaje futbolístico, aquello debió ser parecido a que el árbitro le diga a Cristiano Ronaldo cómo marcar los goles.

Sólo le ha faltado a Sir Norman Foster reflexionar sobre las bondades de los carriles bici segregados y los procesos de participación ciudadana para que el arquitecto suene como futurible reemplazo de Manuela Carmena de cara a las próximas municipales. Claro que el marido de la doctora Elena Ochoa –mucho del mérito de que la Fundación haya recalado finalmente en Madrid se debe a ella– también apuesta por el hormigón y las ciudades densas y compactas. Es decir, por torres. Torres que hagan crecer la ciudad en altura y no en anchura, para que el automóvil vaya perdiendo ese protagonismo al que nos referíamos al principio. Y ya se sabe que los edificios altos causan cierta urticaria al Área de Desarrollo Urbano Sostenible del actual equipo de gobierno.

En cualquier caso, no cabe duda de que la sostenibilidad constituye uno de los retos más importantes para el futuro de las grandes ciudades, y que se deberá apostar por soluciones innovadoras para atajar problemas de contaminación, sobrepoblación y movilidad. La resistencia a los cambios –ya lo estamos viendo– será como siempre inevitable. También lo será evaluar a tiempo la eficacia de dichos cambios, para desandar algunos caminos y emprender nuevos. Ojalá en esos casos no se dé el “sostenella y no enmendalla”, tan hidalgo y tan nuestro.

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