El Depositorio/Opinión

A Cibeles

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Ya está bien, otra vez el fútbol, y otra vez el Real Madrid, ocupándolo todo. Circo con y sin pan. Tragedia griega y éxtasis. Millones de ciudadanos pendientes de un televisor donde 11 desahogados y presumibles contribuyentes patean un balón en dirección a una red. Y al finalizar, el caos. Las hordas invadiendo y colapsando las calles de la ciudad de todos los madrileños con una marea de desocupados futboleros histéricos; no hay manifestación reivindicativa de ningún derecho que supere ese torrente sentimental. Cierren las ventanas y aseguren las puertas. Aprende, Pablo.

Encalomándose a un monumento protegido; inundando de ruidos y cánticos horrísonos la apacible noche primaveral –“el Real Madrid es ganar en primavera”, que decía Jabois –, de Chamartín a Chamberí, de Tetuán a Salamanca; obligando a hacer horas extra a los servicios de limpieza, a las fuerzas de seguridad y al personal sanitario, como si no tuvieran suficiente con la que está cayendo; atascando el tráfico y poniendo patas arriba la capacidad del transporte público; emborrachándose; pisoteando el protocolo en grotescas recepciones con las más altas instituciones capitalinas, con una alcaldesa cuya emoción perfectamente descriptible paga regalando chocolatinas y ceniceros, y una presidenta a un paso de faltarse el respeto y ponerse –ya, por fin– un chándal.

Y el Real Madrid. Más pertinaz que aquella sequía del NO-DO; más puntual que el cobro de un impuesto y más insistente que la gota malaya. Infalible como un Papa laico y más fiable que un banco de frau Merkel. Alegrando y haciendo feliz a toda esa gente como si no costase. Qué desvergüenza. También irritando a muchos, claro. Cosas del fútbol, que “no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más importante que eso”. Shankly sabía. Y siguen los cánticos, los dudosos pareados y la conga. Ahora toca espectáculo en el Bernabéu. Derroche galáctico. Y al día siguiente hay que madrugar, pero a quién le importa. A los que gritan seguro que no. Ni a mí. El año que viene, si Dios y Cristiano quieren, otra vez a Cibeles. Hala.

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