Cultura/Reportajes

El Depósito elevado, una joya arquitectónica de la ingeniería civil

A principios del siglo XX, el aumento de la población, las mejoras en la higiene de las casas y la expansión del área habitada de la capital ponían en serios apuros la distribución del agua que proporcionaba el Canal de Isabel II, que caminaba ya por la construcción de su tercer depósito en tierras chamberileras. La falta de presión hacía imposible que el líquido elemento llegara a los últimos pisos de unos edificios cada vez más altos. Tampoco alcanzaba a los nuevos ensanches, con una cota superior a la del casco histórico, donde el agua se distribuía por la fuerza de la gravedad desde los depósitos. Por encima de los 670 metros de altitud el agua, simplemente, no llegaba.

La cuestión se solucionaría con el primer Depósito elevado de Madrid, en Santa Engracia, 125, obra del ingeniero Luis Moya Idígoras y de Ramón de Aguinaga. Este último se encargaría de diseñar la red de distribución y la central de bombeo, que hoy aún se puede observar a apenas 100 metros, reconocible por su estilizada chimenea de ladrillo.

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El ingenio entró en servicio en noviembre de 1911, aunque no se inauguraría hasta el año siguiente. Su coste fue de 356.535,87 pesetas (2.142,8 euros), y funcionaba mediante unas bombas dispuestas en la citada central, que levantaban el agua hasta el depósito elevado –de 36 metros de altura–, desde donde caía con más fuerza. Esto sirvió para elevar la cota y garantizó el suministro a las plantas más altas de las viviendas de Chamberí, Cuatro Caminos y Salamanca.

Más allá de su aplicación como torre de aguas, el “vaso” de Santa Engracia trasciende la elemental obra de ingeniería para alcanzar un valor arquitectónico notable. Como señala el catedrático e historiador del arte Antonio Bonet Correa, “su impresionante interior y la belleza de su exterior hacen que en sí mismo sea objeto de contemplación y goce sensible”.

Una cuba de 1.500 m³

La torre está coronada por una cisterna de acero con una capacidad de 1.500 metros cúbicos, recubierta en el exterior de cinc inoxidable y suspendida de un anillo metálico. El conjunto se sustenta sobre una base de ladrillo visto rojo de estilo neomudéjar –el ingeniero Moya quiso incluso recubrir el tambor con azulejos blancos y verdes­– y con zócalo de granito, formando un poliedro de 12 lados. El alzado está compuesto por una docena de contrafuertes radiales para soportar el peso de la gran cuba metálica. “Al igual que una escultura constructivista de los años 20 o una obra cinética de los 50, la cubierta del Depósito elevado posee valores plásticos en los que la arquitectura y la ingeniería se anticipan al arte vanguardista”, añade Antonio Bonet.

El Depósito de Chamberí es pues la culminación de una arquitectura técnica, una obra de ingeniería y a la vez un edificio arquitectónico singular. Pero además, su ejecución se enmarca en un proceso crucial de transformación de la ciudad. A comienzos del XX, Madrid empezaba a modernizarse. Simultáneamente al tiempo en que fue levantado, la capital estrenaba la luz eléctrica, los primeros automóviles empezaban a recorrer sus calles o se iniciaban reformas urbanísticas tan trascendentales como la construcción de la Gran Vía.

De almacén a sala de exposiciones

En 1952 dejó de prestar servicio, traspasando sus funciones al nuevo Depósito de Plaza de Castilla. Desde entonces estuvo abandonado –“servía de fichero y almacén de objetos inútiles”, escribiría el cronista Pedro Montoliú– hasta que, en 1986, la Comunidad de Madrid lo transforma en sala de exposiciones, tras una magnifica y respetuosa reforma de los arquitectos Antonio Lopera y Javier Alau, que recibió el Premio Europa Nostra. “En la cuba, ya sin agua, había metro y medio de estiércol de paloma”, recordaba Lopera en una entrevista en ‘El País’.

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Lo más destacable de los trabajos fue sin duda el acceso en la cuarta planta al interior del impresionante vaso que corona el depósito, y que tras la rehabilitación suele destinarse a espacio para audiovisuales. El resultado es una de las salas de exposiciones con más personalidad de la ciudad, lo que en ocasiones acaba por “comerse” la obra mostrada, como reconocía Alau. Algo que no ha impedido la puesta en marcha de decenas de exposiciones, desde aquella primera dedicada a la última etapa de Dalí –donde se expusieron 44 piezas de joyería, adaptación de sus obras escultóricas–, ni colaborar habitualmente en certámenes como ARCO o PHotoespaña.

Sea como fuere, el Depósito de Chamberí constituye hoy una de las joyas del patrimonio arquitectónico de la región. Un “monumento industrial” que es, además, por historia y por estética, una de las piezas emblemáticas de un distrito que tiene la suerte de poder disfrutar de ella y en ella de algunas de las exposiciones más relevantes de Madrid.

David Álvarez

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