25 años sin la manita de Tip

Hace 25 años uno de nuestros grandes genios dejó de pedirle la “manita” a Pepeluí. Decía Jardiel Poncela que definir el Humor era como pretender clavar por el ala una mariposa utilizando utilizando como aguijón un poste del telégrafo, y así ocurre al intentar retratar a Luis Sánchez Polack, Tip, santo varón que jamás “hizo” humor sino que fue el Humor mismo, el Humor transustanciado y reinventado a cada minuto, en cada espectáculo o en cada charla intrascendente en la Cruz Blanca, que él hacía estallar con un fogonazo de ingenio.

A Tip le han querido comparar con Groucho Marx, pero su estirpe tiene una raíz española que puede rastrearse en la escritura tierna y absurda de Mihura y, sobre todo, en Tono, aquel “extraterrestre caído del cielo” que dibujaba las portadas de La Codorniz y traducía las ofertas laborales en corbatas de seda para saber si le convenían o no.

Autoproclamado campeón mundial de jugar a los chinos, en una ocasión retó al Conde de Barcelona. El padre del rey emérito no tenía con qué jugar, y Tip le prestó unas monedas: “Tome, con la cara del chico”. Años antes, al presentarle al monarca, le había soltado: “No me diga quién es… yo a usted le conozco mucho de la tele”. Como decía Mingote, Tip era “un perfecto anarquista vital, una pura expresión de libertad sin límites”.

Su relampagueante ingenio y su vis cómica natural destacaban sobre el escenario, en la televisión o la radio –para la posteridad queda su Mauricita, la gamba, probablemente el relato humorístico más descacharrante de los últimos 50 años–, pero fue además un escritor con una notable preceptiva literaria. Escribió “zarandajas prosaicas” y una poesía satírica blanca e imprevisible, la mayor parte reunida en Cantares del Mío Tip, una joya. Allí están su Romance de Perete o el escatológico e hilarante Me han dicho, que aprendí de joven y aún no he olvidado.

Desde los años 70 triunfó de la manita de José Luis Coll (Pepeluí), quien, pese a que nunca mantuvieron una relación idílica, dijo de él: “Estuve a su lado, cerca y fuera de los escenarios, durante casi 40 años. Ni un solo día dejó de sorprenderme. Ni una sola hora”. Poseedor de una bonhomía machadiana, Tip fue querido por todos, aunque no siempre valorado en su medida. Sus Cantares arrancan con una “coplichuela” a modo de epitafio: “El día que yo me muera/, quiero estar vivo/, para ver si a mi entierro/, van mis amigos”. Y fueron, claro.

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